Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida;
el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.
Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente.
Juan 11:25-26
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miércoles, 24 de junio de 2015

Para recibir el deseo de nuestro corazón

Dios debe ser la pasión más grande de la vida de un creyente. La persona que dice que ama al Señor, debe dar a la relación con Él prioridad sobre sus bienes, su carrera e incluso sus otras relaciones. Pero algunos no ven el verdadero mensaje del salmo 37:4, porque se concentran sólo en el final del versículo. La advertencia unida a esa promesa es
un llamado a la consagración a Dios: "Deléitate asimismo en Jehová, y él te concederá las peticiones de tu corazón".

 Los creyentes pueden y deben gozar de los placeres. El Padre celestial quiere que Sus hijos usen los recursos que Él les ha dado para que disfruten la vida (1 Ti. 6:17). Por ejemplo, Dios me ha permitido viajar y fotografiar algunos lugares hermosos. Pero el secreto para disfrutar la vida es deleitarse en el Señor por sobre todas las cosas. Su legítimo lugar es como Señor de nuestra vida, por lo que dar a otra cosa ese lugar nos pone en riesgo.

 El corazón es egoísta por naturaleza, y muchas veces destructivo. Sin Dios como la prioridad absoluta, probablemente seremos gobernados por la búsqueda de bienes terrenales. Pero cuando Él es nuestro primer amor, esas ansias torcidas serán sustituidas por deseos cónsonos con Su voluntad y con el propósito que Él ha dispuesto para nosotros. 

El rey David, un hombre que enfrentó grandes tragedias y sufrimientos, sabía por experiencia que un corazón consagrado a Dios también proporciona deleite y bendición. El salmo 37 era su estímulo para que busquemos al Señor con la misma diligencia que él lo había hecho y permita que Dios sea su mayor anhelo. Se maravillará por la manera como Él le bendecirá.

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